El río es una madre que nos entrega su fuerza con generosidad. Honramos su presencia soberana cuidando la pureza de sus aguas dulces y el brillo de su cauce. Nuestra labor es un baile de equilibrio: tomamos prestado su movimiento para iluminar el mundo, devolviéndolo con la misma gracia y abundancia con que lo recibimos. Porque donde el agua corre con libertad, la vida florece con dulzura y properidad.